Nerudiándola, una crónica bibliófila de Simón Rojas
- 9 sept 2015
- 2 Min. de lectura

Haces como si leyeras pero en realidad estás mirando de reojo la mano que la muchacha posa despreocupadamente sobre la nalga de su amiga. Haces como si limpiaras un libro cuando la verdad es que ni por un segundo logras sacar la vista del enorme escote de la doña de los tamales. Caballero solo: han dado las dos de la tarde inmoral, y ellos (¡tu no!) se acarician, se besan, fajan, “y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,/ y los animales fornican directamente,/ y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,/ y los primos juegan extrañamente con sus primas/ y…” Tranquilo, tranquilo, estás nerudeando la abstinencia, un síndrome típico producido por la falta de pescado. Las oportunidades que has dejado escapar ahora te pesan. La muchacha de pezones teledirigidos que aquel día arribó al local y se abrió paso como dómina-patrona-totalmente-al-mando-de-la-situación y cuyo teléfono anotaste en un papelito ahora enterrado quién sabe dónde. O las hermanitas de Tlalnepantla que buscaban Sociología de la vida cotidiana y al ver que lo sacabas de una repisa quedaron boquiabiertas e ipso facto te invitaron a una pulquería esa misma tarde, cita a la cual no acudiste vaya uno a saber por qué. Bueno, Simón: si sigues así es lógico que tiendas a nerudear la abstinencia como último recurso, caballero solo, pequeño empleado, onanista, deshabitado, “y un gong de muerte/ golpea en torno mío como el mar”: ahí tienes tu pobre cosecha. En el fondo te gusta. En el fondo encuentras placer en andar por ahí pálido con tus “ojos de invierno, durante cada día de este mundo”, esforzándote para que no se te caiga la baba con la señora ya entrada en años y carne y partos y divorcios y sufrir, sufrir a gusto prolongando el celibato infernal sin sosiego. Y entonces a cambio de nerudear la abstinencia en tanto que única alternativa te vuelves cínico y recuerdas a ese amigo tuyo que discurría sobre cómo era posible querer a un ser, “mujer de sexo femenino”, que se desangra todos los meses y sin embargo no se muere y ahí sigue en pie aguantándolo todo, incluidas tus descaradas miradas de depravación que de un momento a otro te harán acreedor a un trancazo en el bajo vientre como si a éste no le bastara el hondo malestar acuciante de caballero solo, pequeño empleado, onanista, deshabitado, “incrédulo y condenado a un doloroso acecho”. Y ahí sigues, y es un poco chocante pero muy revelador de tu parte que este último tiempo te haya dado ya no por nerudear sino hasta por vallejear la abstinencia, una cuestión rayana en lo patológico, ten cuidado con el grupo dicotiledón (oberturan), mejor desanda ese camino porque “Pienso en tu sexo” es bastante más violento, tranquilamente más salvaje, “surco más prolífico y armonioso que el vientre de la Sombra”, ahí mejor te ves, ahí mejor ya lo dejas, “El sexo sangre de la amada que se queja/ dulzorada, de portar tánto/ por tan ridículo punto”, y ahí viene otra vez la maldita lluvia, y los libros que también se mojan, y es hora de partir, oh abandonado.

*Imágenes de Alfred Kubin (1877-1959)



















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