Obras completas, ese cuento
- 4 abr 2016
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Hay un enemigo feroz jodiéndoles la vida a los vendedores de libros viejos en espacios reducidos: las Obras Completas. Y si a esas Obras Completas, como ocurre en el caso de Walter Benjamin, a cada tanto se le suma un “nuevo” volumen traducido, la sombra de ese enemigo feroz se agranda. El otro día, sin ir más lejos, un señor, justo antes de llevarse un “nuevo” libro de Benjamin, se paralizó (juntando las piernas, dando un taconazo, como en un saludo militar) al ser alcanzado por el rayo de esa pregunta balbuceada por él mismo: “¿pe-pe-pero… no está incluido este… este libro… en sus Obras Completas?” El vendedor, que en ese momento tenía entre sus manos Música para camaleones de Truman Capote, respondió entonces con estupefacto mal humor: “este li-libro de Capo-pote… seguramente también es-ta-tá, o estará algún día… incluido en sus Obras Co-Completas, señor”. Fue una mala respuesta, pero qué quieren, si nos ponemos a ver el mundo bajo la óptica de las malditas OC, terminamos enfermos. ¿Todos nuestros actos son parte de una jodida Obra Completa? ¿No hay alguno por ahí que se escape? De más está añadir que el señor en cuestión se largó sin llevarse su Benjamin, presuroso por ir a rebuscar en el índice de sus OC de WB.
Pero, más allá de los avatares ingratos tan propios de la venta de libros viejos en espacios reducidos, hay siempre algo bastante ojete en las Obras Completas, aparte de su tamaño, claro. Una suerte de menosprecio por el tiempo, por el espacio de tiempo y por cuántas cosas más que hubo entre las apariciones de uno y otro libro, entre uno y otro texto originalmente publicado al margen, en un periódico por ejemplo, como si las Obras Completas en definitiva terminaran por uniformarlo todo según una secuencia lineal que —aquí está el problema— funciona como un engranaje, aunque dicho engranaje pierda justamente en pausas, silencio, indecisión, error, vacío. La Segunda Parte del Quijote, para variar, es en español el paradigmático libro que se resistió a olvidar lo sucedido —las enemistades de su autor, la asimilación de la pareja de personajes, la publicación de otro Quijote— entre obra y obra, incorporándolo a la narración como nunca antes ni después se hizo, vale decir, al introducir la lectura de la propia obra como parte central de la obra. Pero también en 1959 vino Augusto Monterroso y se las mandó: Obras Completas (y otros cuentos). Ahí, en el relato homónimo, último del libro, tenemos a Feijoo, joven que a consejo del siniestro erudito Fombona renuncia a la poesía para dedicarse a preparar la edición crítica de las Obras Completas de Unamuno, hallando “por fin su lugar preciso en el engranaje”. Por suerte, inmediatamente antes, en el minicuento “Vaca”, hemos tenido noticia de “una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido.”
Dichosos pues quienes mueren como esa vaca de Monterroso y logran escapar a la plaga de los Fombona; dichosos escritores de libros sueltos, artículos, crónicas, ensayos, cuentos, novelas y poemas publicados ahí donde se podía y quería, pero no pensando en las póstumas Obras Completas. Dichosos, pero también infelices si no pararon la oreja ante este aviso de Fray Blanchot: “Quisiera recomendar a los escritores que no dejen nada atrás. Destruyan ustedes mismos todo cuanto desearían que no apareciera. No sean débiles, ni confíen en nadie. Necesariamente algún día los traicionarán”.



















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