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EL HISTORIADOR

  • 6 jun 2016
  • 2 Min. de lectura

Pasa como una vez al mes, pero pasa. El historiador. Tiene pinta de profesor universitario, salvo por los zapatos con hoyos, las camisa rasgada y una muy curiosa cachucha de goma que se le cae todo el tiempo. También habla como lo haría un conferencista salido del Instituto de Investigaciones Históricas, salvo por sus frecuentes “se lo cargó la chingada” y sus intempestivos “hijos de toda su perra madre”. ¿De dónde salió? Tal vez directamente de Artículo 123, aunque para ser justos consignaremos que el historiador no huele a mon-ice. Huele a mierda, huele a mugre, huele a perro muerto, es decir huele a historia, pero no a mon-ice.

Por esto, durante el ratito en que el historiador se para frente a las repisas del local y maldice las viejas y bien cuidadas ediciones de Florescano, Meyer, Cosío Villegas y alguna añeja biografía de Juárez, a nadie en su sano juicio se le ocurre pasar cerquita de ahí. Es como si durante ese lapso se instalara en Balderas un desierto donde el único personaje visible es un harapiento que escupe sobre libros de historia y proclama, entre otras, la tesis de la simulación del fusilamiento de Maximiliano y su consiguiente relegamiento (¡hasta hoy!) en un pueblito de El Salvador. “Si no me creen —remata el historiador ante los libros, apretando su cachucha de goma entre las manos—, me vale pa pura verga. Aquí mero he visto correr más sangre que todos ustedes juntos, pinche bola de ojetes”.

Al retirarse el historiador, el vendedor al fin logra expulsar el aire retenido en sus pulmones. La gente comienza a salir de donde quiera que se haya refugiado, los vendedores ambulantes reaparecen y con ellos los muchachos adictos al mon-ice. Es lógico: el olor a mon-ice se aguanta; el de la historia no.

 
 
 

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